5/1/09

Lecturas de verano

2008 terminó con mucho laburo y 2009 ni les cuento. Pero igual algo vamos a publicar, aunque sea para molestar un poco a los demás.
Pego unos párrafos de "La Noble Ernestina", el libro que Pablo Llonto publicó hace unos años y del cual hay una nueva edición, que incluye el conflicto agrario según leí por ahí. El extracto pertenece a la edición vieja. La estoy leyendo de a puchos y comparto una parte muy interesante. Tal vez les da por comprar el libro para lectura de vacaciones, salgan o no de sus casas. Porque eso de andar leyendo novelitas livianas para estas épocas es un verso de las editoriales, no?.


Avelina García de Pérez estaba convencida de que LA VIUDA podía haber salvado la vida de su hijo y no lo hizo. En la madrugada del 8 de mayo de 1976, nueve hombres armados subieron hasta el sexto piso de la calle Perón 1578 (en aquella época, Cangallo), después de preguntarle al portero dónde vivía el editor y se llevaron, encapuchado, a Carlos Alberto Pérez, director del suplemento literario de Clarín. La noticia del secuestro de Pérez -quien también trabajaba como gerente de producción de Eudeba, la editorial dependiente de la Universidad de Buenos Aires- se publicó en un pequeño recuadro del diario junto a la información sobre la desaparición del legislador uruguayo del Frente Amplio y también periodista, Zelmar Michelini.

Cuando sus compañeros de Clarín se enteraron de lo ocurrido, todo el mundo se miró en silencio y los más comprometidos políticamente extrañaron las asambleas multitudinarias de unos meses atrás en las que seguramente se habría planteado el caso del tanguero Pérez. Sólo un puñado lo conocía bien porque llevaba poco tiempo en Clarín. Sabían de su admiración por Troilo, por la música clásica, de aquellas caminatas solitarias por San Telmo, de su amistad y sociedad con Héctor Fernández Baños, un abogado defensor de presos políticos que había ingresado al ERP. Con él mantenía la inquietud de publicar pequeñas obras en forma independiente y se preparaban para editar algunas obras de Mao Tse Tung. Cuando ya era un desaparecido, sus amigos vincularon a aquellos proyectos con la razón por la que los militares lo buscaban. "Cytryn"
(Marcos Cytrynblum) se movió con rapidez para intentar ubicarlo, pero sin éxito.

A LA VIUDA estas cuestiones no le interesaban. Estaba cebada con las gestiones que, por vía del desarrollismo y sus amigos del Ejército, se aceleraban para conseguirle la adopción de una pareja de niños. El coronel Cúneo hacía alardes de contar con una serie de contactos que podían ayudar a Frigerio a cumplir con lo que tanto le reclamaba Magnetto: "A LA VIUDA hay que ocuparle los días con algo, así se deja de romper las pelotas en el diario".

-¿Me van a traer una nena y un nene? ¿Es en serio?- le preguntó a Frigerio.

El pensador del MID ya no sabía cómo contarle que se reunía todos los días con abogados, médicos y militares para ver de qué manera podía satisfacer el deseo de LA SEÑORA que ya esa altura bramaba por una solución. Al mismo tiempo se preguntaba si tenía sentido que le hablara a sus conocidos en la cúpula militar sobre el caso Pérez.

Pero el dictador Videla no escucharía el reclamo por el periodista de Clarín ni de la voz de LA VIUDA ni de la de Frigerio. Fueron Horacio Ratti, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y el cura Leonardo Castellani los que aprovecharon un momento de la reunión que, una semana después del secuestro, un grupo de escritores entre los que se encontraban Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, mantuvo con Videla por invitación del presidente de facto que buscaba oxígeno para la dictadura. Ni Videla se ocuparía jamás de averiguar la suerte de los escritores y periodistas desaparecidos que formaban parte de la lista que Ratti le alcanzó, ni LA VIUDA le dedicaría una línea más al secuestro de Pérez, quien se convertiría así en el único desaparecido de Clarín, el diario que desde entonces lo olvidaría para cumplir así con la historia que relataba la canción "Anónimo murió de un cólico" del grupo Acalanto: "trabajaba en un periódico / no salió en ninguna página".

Mejor suerte tuvo Enrique Esteban, el corresponsal en Neuquén a quien una patota vinculada con la Marina se lo llevó de su casa junto a su esposa el 23 de julio de 1978. Ambos habían militado en la JP platense cuando estudiaban en la Facultad de Periodismo. El diario publicó algunos recuadros dando cuenta de su desaparición, pero las gestiones más intensas por su suerte las realizó ante una gama de militares el propio Cytrynblum. Esteban no sólo era un empleado, también era el yerno de su buen amigo Enrique Oliva, conocido como Frangois Lepot y corresponsal de Clarín en Francia, quien se movió en forma inmediata denunciando el caso en todos los organismos de prensa europeos. La mujer fue liberada en un desierto cerca de la localidad de Villa Regina y a Esteban lo mantuvieron secuestrado durante tres meses hasta que lo largaron en la localidad bonaerense de Tres Arroyos, con treinta kilos menos, adentro del baúl de un auto. Las torturas habían sido tremendas. No obstante, los policías que lo encontraron le armaron una causa porque consideraban su actitud como sospechosa y pasó otros tres meses detenido en Neuquén, en la categoría de los "blanqueados" a disposición del Poder Ejecutivo. Las investigaciones posteriores de la familia encontraron algunas pistas que revelaban que su detención clandestina había transcurrido en un campo de torturas de Bahía Blanca.


No podía ser mejor año para ella. Sus amigos le habían obsequiado la veloz adopción de una parejita, ya no tenía que preocuparse por gremialistas y asambleas en el diario que le reclamaran que cumpliera con las leyes laborales y el hombre a quien más había admirado después de Noble y que luego odiaría hasta las vísceras, se alejaba de Buenos Aires rumbo a Brasilia para debutar allí como embajador de la dictadura. Como en los viejos pactos con el General, el MID había acordado con los dictadores que cedería a algunos de sus mejores hombres para tareas civiles. El general José Villarreal, secretario legal y técnico de Videla, fue el primero en darle la noticia a Oscar Camilión:


-Queremos que vayas a la embajada argentina en Brasil. Tendrás total libertad para manejarte y para encontrarle una salida al problema de las represas.

Camilión no podía creerlo. En menos de una semana fue citado en los tres edificios clave de la época para escuchar la misma propuesta. En la Rosada lo recibió el general Videla, en el edificio Libertad lo esperó el almirante Massera y en la zona de Retiro lo invitó a tomar un café el brigadier Agosti. A la dictadura le preocupaba encontrar una salida a la pelea bilateral entre los proyectos de las represas Itaipú, brasileña, y Corpus, argentina, que despertaban por aquellos días demasiados recelos en ambas cancillerías y se acordó que la persona indicada, por sus antiguos contactos con los brasileños, era Camilión. El ex jefe de redacción volvía a la embajada argentina en Brasil, un lugar que ya conocía de los tiempos de la presidencia de Frondizi, después de pedirle la venia a Frigerio y de intentar comunicarle su nuevo destino a LA VIUDA. Ella jamás lo atendería.

El tren arrollador de Clarín no encontraba una sola barrera. Millones de pesos comenzaban a ingresar en las cuentas bancarias del diario y de LA VIUDA y el contador Magnetto no daba abasto en su doble tarea de ser la cara empresarial de AGEA S.A. y confeccionar los balances que debía presentar ante LA SEÑORA. Para los meses siguientes, la suerte de Clarín, siempre de liga cuando llegaban nuevos dueños a la Rosada, le tenía reservada dos alegrías: los comandantes le entregaban buena parte de las acciones de Papel Prensa y una semanas después intervenían La Opinión, el competidor que más lectores le había sacado en los últimos años.

Como era de esperar, en las conversaciones que Magnetto mantenía con algunos personajes de la primera línea militar y económica de Videla, el asunto Papel Prensa pasó de simples averiguaciones a profundas negociaciones. Clarín había formado, en sociedad con los diarios La Nación y La Razón, una pequeña empresa que hasta aquel momento tenía tan sólo un sello: Papelsa. Era la carta que tenían guardada los tres diarios por si algún día se les complicaba demasiado el acceso a Papel Prensa S.A. El sector más duro de la dictadura pretendía que el grupo Graiver, que manejaba una parte de los millones de dólares que poseía la conducción montonera, desapareciera de la economía argentina. Entre los bienes más preciados de los Graiver se encontraban las acciones clase A de Papel Prensa S.A, olfateadas desde cinco años atrás por LA VIUDA. El 7 de agosto de 1976, en un accidente de aviación que algunos sospecharon fue armado por la CÍA, había muerto David Graiver, cerebro del grupo. Magnetto sabía de las intenciones de los uniformados de negociar el medio centenar de empresas que manejaba el millonario banquero de los montos. Mandó a un viejo amigo de la redacción de Clarín que vivía en Nueva York para cerciorarse de que en la sede del American Bank and Trust estaban intactos los títulos que garantizaban que Graiver era el accionista mayor de Papel Prensa. El contador no quería que ningún agente de la dictadura le ganara de mano a Clarín y se apoderara de las acciones. La respuesta positiva llegó desde un lujoso hotel neoyorquino vía télex. Con ese dato en su poder y con la ayuda del ex capitán golpista Francisco Manrique todo sería más sencillo.

Manrique había telefoneado a Miguel Anchorena, abogado de los Graiver, para que le sugiriera a la familia que la junta militar vería con agrado que los Graiver transfirieran su parte en Papel Prensa. Magnetto le comentó a LA VIUDA la operación que venía y le dijo también que Videla, Massera, Agosti y Martínez de Hoz ya le habían dado el okey para que los cuatro diarios más importantes de la Argentina, Clarín, La Razón, La Nación y La Prensa, compraran el paquete del que finalmente se desprenderían los Graiver acorralados por los miedos y amenazas. Estaba por nacer la más importante operación de compra de silencio por parte de la dictadura. El favor a los diarios sería agradecido durante años.

A LA VIUDA le encantó la saga. Llamaron al doctor de los bigotes abultados y amarillos que, en pocas horas, convocó a sus oficinas a Patricio Peralta Ramos de La Razón, Alberto Gainza Paz de La Prensa y Bartolomé Mitre de La Nación. El abogado Bernardo Sofovich, en nombre de Clarín, daba las primeras pautas: "Martínez de Hoz sugiere que con nuestra empresa Papelsa y la ayuda del diario La Prensa, podemos comprar las acciones de los Graiver por ocho millones de dólares". La reacción de Gainza Paz no tardó en conocerse:

-La Prensa no entra en ese tipo de negocios. Primero por la cantidad de plata que hay que poner y segundo porque si hay que sacar a los Graiver del medio, que los saquen ellos.

Ellos eran los militares. Querían que el negocio del papel para diarios se resolviera antes de detener a toda la familia Graiver y sus amigos para luego acusarlos de manejar los fondos que Montoneros había logrado de sus más productivos secuestros. Si Papel Prensa quedaba fuera del paquete de empresas que pensaban incautarle a los Graiver, los diarios tendrían las manos libres para adquirir el control de la empresa y poner en marcha el sueño de las bobinas propias. La retirada de La Prensa no causó dolor en el resto de la futura sociedad. En los ambientes empresariales del periodismo se sabía que la familia Gainza Paz se había pasado la vida boicoteando el nacimiento de cualquier fábrica argentina de papel de diario. Sus afinidades con las empresas que importaban papel de Canadá y Finlandia eran evidentes y se hablaba de negocios compartidos. Magnetto dijo que iba a consultar con LA VIUDA y en pocos días acercó la respuesta: "Clarín está de acuerdo en que reactivemos la sociedad anónima Papelsa lo más pronto posible junto a nuestros socios La Razón y La Nación. Cada uno que aporte el treinta y tres por ciento de la suma y en esa proporción nos repartiremos el control de Papel Prensa".

-¿Y de dónde vamos a sacar la plata?- preguntó el apoderado de La Nación.

-Quedate tranquilo que está todo hablado. Vamos a tener préstamos bancarios del Banco Nacional de Desarrollo, del Banco Español del Río de La Plata y del Banco Holandés Unido de Ginebra- le respondió Magnetto.

La fábrica no estaba en funcionamiento. En la localidad de San Pedro, a ciento ochenta kilómetros de Buenos Aires, un centenar de obreros trabajaba a ritmo lento para levantar algunas estructuras de lo que sería la planta industrial. El 2 de noviembre de 1976 el doctor Anchorena, en representación de los Graiver, firmó el boleto de compraventa y en enero de 1977 el representante de la junta militar en Papel Prensa autorizó, en nombre del Estado, la operación. El viejo truco de comprar bienes con poco efectivo y mucho de papel pintado no era la única irregularidad que Magnetto, Mitre y Peralta Ramos le arrancaban a la junta militar. El acuerdo incluía también un guiño de los funcionarios de Economía para que el Estado no realizara ningún estudio técnico sobre Clarín, La Nación y La Razón para averiguar cómo financiarían el proyecto, tampoco se exigiría el cumplimiento en término de las obras y menos que menos se pedirían avales de patrimonios personales.

El negocio redondo se festejó con champagne Dom Perignon en el tercer piso de la calle Piedras. LA VIUDA sintió que al fin estaba cumpliendo uno de los más importantes anhelos de Noble y, después de elogiar la sagacidad del contador Magnetto, pensó, por primera vez, que ese hombre y no Frigerio era el adecuado para tener siempre a mano.


Para completar:
http://www.malaspalabras.com/el-noble-pablo-llonto/
http://paredario.blogspot.com/2007/11/dursimo.html

2 comentarios:

la compañera ambalivabal dijo...

Lo estoy leyendo en este momento; voy por Alfonsín.
Me está cebando más de lo que me imaginé la vieja puta gorila roba hijos..

Saludos!

_Ariel_ dijo...

Ambalivabal, lo que queda mas o menos claro es que Clarin es siempre el primer grupo con poder, en negociar con los nuevos gobiernos. A las criticas las guardan en el cajon del escritorio, al lado del 38. Siempre listas para cerrar negocios.
Lo de los hijos es vergonzoso. Un capricho de vieja ricachona con poder.

Saludos