
He cometido el peor de los pecados: intenté ver una película acompañado de tres o más personas. Confirmado, no se puede. Es que hay gente que delante de sus ojos se ve a sí misma. Ponen su vida entre sus pestañas y el mundo. Entonces, todo lo que puede constituirse en observación general, pasa por el tamiz de su experiencia personal y sale hecho palabras.
En el acto de mover la lengua para decir
“eso mismo me pasó a mi”, en un momento destinado a contemplar lo que le sucede a otros, se esconde la triste manía de no saber ver lo que se ve, ni escuchar lo que se escucha. Tal vez hay en los periodistas (no en todos, pero debería ser así) una capacidad para las ausencias personales que le hacen bien al oficio, y por eso es uno de sus pilares. Sobre todo en el género de la entrevista, cuyo extremo podríamos recordarlo en Jesús Quintero y
"El perro verde". Un poco de esa capacidad debería tener aquella señora que en una mesa en la que se habla de situaciones generales, personaliza toda cosmovisión al punto de prostituir el significado de la parte donde dice “cosmo”.
Uno no puede ver en cada anécdota, en cada escena, en cada voz, en cada foto observadas, algún rastro de su pasado. Digo que es posible dejar que sucedan haciendo silencio, y limitarse a ver el arte o el testimonio ajeno como eso: algo que otro tipo hizo y vuelve público para que uno lo aprecie y se calle. Al menos un rato.
Cuando veo una película en el cine o en casa, lo que mejor hago es callarme, porque entiendo que es el mínimo aporte que uno debe hacer como espectador. Y no digo callarme al punto de no ofrecer una cerveza, sino comprender que a nadie de quienes me rodean en ese momento le importa un rábano qué opino sobre la película o si encontré en algunas de sus escenas ciertos parecidos con experiencias propias. No le importa a nadie y está bien que sea así. Pero para mucha gente no está claro.
Entonces uno se encuentra en mitad de una película con que en realidad está viendo dos al mismo tiempo. Y que una es visualmente existente y la otra oralmente insoportable. No es de tipos raros o renegados hacer silencio frente a una película. Raro es el que ve guiños personales en el arte ajeno (eso no sería tan malo) y encima lo comenta (es esto lo jodido).
-“je… a que no sabes a quien me hace acordar el divorciado este”.-
¿Y a mi que me importa a quién te hace acordar? Vine a ver a la divorciada/o de la peli, no a tus divorciadas/os.En otra época, cuando éramos -más- libres, con un amigo solíamos ir seguido al cine. Entrábamos y ni nos dirigíamos la palabra. Más de una vez, sobre todo si la película resultaba buena, me sorprendía al prenderse las luces recordar que había gente amiga al lado. El extremo de la
contemplación silenciosa fue una noche en la que pasaron una de las películas más aburridas que he visto en mi vida. Se llama
“El secreto de un poeta”, o algo así. Un film en el que no pasa nada, ni bueno ni malo. Nada. Cuando terminó, me dice mi amigo
“en un momento estuve a punto de levantarme y huir, pero como te vi tan concentrado pensé ‘uhhh…a este boludo le gusta’...” A lo que respondí:
“salame, yo pensé lo mismo”.
En fin, es el riesgo por estar ausente, por decidir borrarse al considerar que lo importante, en ese momento, es lo que se contempla. Si el precio es tragarse un bodrio cada varias películas, lo pago con gusto. Son gajes del oficio de observar, sin decir ni mú.