30/8/09

El divorcio que la democracia se merece

Si bien no soy republicano, padezco una enfermedad que tiene síntomas parecidos: estudie 5 años de periodismo. No alcancé a que me confirmaran el diagnóstico, porque nunca volví a La Plata para aprobar los 6 o 7 finales que dejé debiendo, pero la peste ya estaba adentro. Y encima, laburé de “eso” y estuve (estoy) en contacto con profesionales que tienen su historia clínica lacrada por los ministerios. Con esto quiero decir que el populismo es lo más parecido a lo que quiero, aunque a veces me deje picando el tujes.

Los populistas nunca van a entender al periodismo. Pero eso no es lo grave, aunque muchos nos quieran hacer creer que sí. Lo grave es que el periodismo nunca va a entender al populismo.

Siempre se escucha que entre los valores principales de una democracia está la libertad de prensa. Y sin embargo, cuando falta libertad de prensa, los que mueren son los populistas. Cuando no hay libertad de prensa, siempre hay periodismo. Eso que llamamos “periodismo” ha hecho poco y nada por la recuperación de las libertades, y en algunos importantes casos, ayudó a extender en el tiempo esa ausencia.

No escuché ni leí hasta ahora ninguna crítica seria (que las hay) al definitivo proyecto de ley de SCA, que no pueda ser refutada también seriamente. Cuando CFK dice que esta ley pondrá a prueba a la democracia, está diciendo algo importante y a la vez está haciendo un convite toda la clase política: el proyecto es una propuesta formal de divorcio entre la dirigencia política y el periodismo. Un matrimonio que se lleva a los tumbos, que tiene sexo a la noche y se clava puñales a la mañana, delante de sus hijos, acepta ahora un intento de escape hacia la convivencia que, está visto, sólo puede venir de la mano de una separación legal.

Cristina está diciendo “señores de la oposición, esto a la larga o a la corta, los beneficia a ustedes también”. La posición mendaz del radicalismo, siempre entrando a destiempo en los bailes históricos (cuando no se queda afuera mirando desde la ventana), es parecida al síndrome de Estocolmo. Está adoptando la postura de un sistema de medios que, en el mejor de los casos, lo ha usado de preservativo. De algunos socialistas ni hablar: cada día se parecen más a esas plantas parásitas que suelen rodear a los árboles más grandes. Así funcionan, ese es su manual de estilo.

La ley de SCA es demasiado importante para ser debatida por el periodismo. No es un reglamento. Es un tratado de convivencia que ayudará a dos sectores fundamentales de la democracia.

En el medio están las corporaciones. La ley es un gran paso para intentar sacárselas de encima como interlocutor autorizado, o al menos acotar su poder de negociación la hora en que esas corporaciones le hagan reclamos a la democracia. Oponerse al tratamiento del proyecto es una sutil maniobra para intentar dejar abierta una puerta legal al poder discursivo de los empresarios. Y la real víctima de ese poder, antes que el periodismo, es la gente. La década del 90 y su trágico final son el mejor ejemplo.

¿Y los periodistas? Los periodistas ya hablaron en los foros que se hicieron en todo el país, que era el lugar donde tenían que hablar. Este ruido que se está escuchando ahora viene del lado de los empleados y dueños de los principales medios. Algunos de ellos representan con su pluma el interés de las corporaciones. Otros jamás las tendrán como tema de sus críticas. Es lo mismo, pero la conciencia lo asimila mejor.