
Este post lo hago porque vi una película que me conmovió, por lo bien realizada y por su “
cosmovisión” de las cosas que han sucedido y suceden en el mundo. Y además, porque es de
Clint Eastwood.
Aclaro algo. Como no soy crítico de cine tengo impunidad para mandarme dos burradas imperdonables:
1. ni hablo de los protagonistas, ni paso datos necesarios de la
peli, ni soy riguroso en cuanto a reglas que los comentarios sobre cine deben cumplir.
2. voy a contar la película,
con el final incluido. Y, sinceramente, les aconsejo que si no la vieron y les gusta el cine, no lean esto. Estarían perdiendo la oportunidad de ver y gozar una gran película en la que es bueno someterse a la duda, a la intriga e incluso a la desconfianza sobre el camino que finalmente tomará.
“Gran Torino”No recuerdo haber visto una película norteamericana… tan sutilmente
antinorteamericana.
Gran Torino no es lo que aparenta. No es
su póster. El
afiche simplemente es para venderla mejor.
Walt Kowalski es un veterano de la Guerra de Corea, jubilado de
Detroit (de la
Ford, si no recuerdo mal) que vive en un barrio estadounidense “invadido” por coreanos. Es duro, racista, antipático y de solucionar todo con armas. Acaba de morir su esposa. Sus dos hijos (mayores, ya no viven con él) y quienes lo conocen no soportan su carácter.
Todo pareciera conducir la historia hacia un drama íntimo, y sin embargo la trama va adquiriendo un sesgo social que termina en lo que, al menos desde mi punto de vista, es una dura y silenciosa crítica a la forma de vida y manejos sociales y políticos de Estados Unidos. Y todo contado con una sutileza y unos planos “tranquilos” que hacen aún más pesada la carga de su denuncia. No es un panfleto y, al contrario de lo que suele suceder en otros
films norteamericanos, no tiene contemplaciones con su
banderita.
El guión que filmó
Clint Eastwood está cargado de simbolismos muy finos, aunque siempre parece estar presente una salida a lo
Harry el Sucio. Es como si la hubiera rodado sabiendo eso, jugando (a sus 70 y pico de años), con esa imagen tan suya, pero de otros tiempos.
Como vecinos,
Kowalski tiene a una familia de coreanos consecuentes (al punto de mantener sus rituales e idiomas) formada por la madre, una hija adolescente muy simpática y un hijo,
Thao (también adolescente) que no encaja entre los de su edad y es acosado constantemente por las pequeñas pero bien armadas mafias del barrio. A la casa vecina la completa una abuela que sentada en un sillón recela y putea en colores coreanos a este vecino blanco y mal llevado, que fue quedándose como único exponente de lo americano en el barrio, y que prefiere (y se los dice) mandarlos de regreso a su país de origen.
Su enredo con esta familia comienza cuando a
Thao, obligado por una mafia a “iniciarse” en el grupo, lo mandan a robarle el
Gran Torino modelo 72 que el veterano tiene guardado como una joya en su
garage, y al que codicia su nieta adolescente, como único y mezquino “interés” demostrado hacia un abuelo que no demuestra interés por nadie. Excepto por su esposa muerta.
Kowalski pesca al pobre
Thao en pleno intento de robo, pero éste logra escapar. Luego sabrá que
Thao es nada menos que su
vecinito. Los coreanos, cuando se enteran que
Thao intentó robarle, se lo ofrecen a
Kowalski para realizar trabajos en su casa, como forma de pagar sus culpas. Y lo que comienza como un odio acrecentado se transforma en una relación que no se atreve a reconocer de afecto con toda la familia vecina. Mientras tanto sus propios hijos quieren quedarse con su casa y enviarlo a un hogar de retiro para ancianos. Su cuerpo escupe sangre, está viejo, enfermo y solo.
Hay un cura que lo persigue para que se confiese. Dice que la esposa recién muerta le aseguró que el veterano tenía algo para confesar.
Kowalski no quiere saber nada.
A su manera, ve en
Thao una forma de redimirse de algún hecho “bélico” que uno ya empieza sospechar. Y también a su manera, lo defiende de las bandas coreanas. Pero esa violencia con la que está acostumbrado a resolver todo se vuelve en contra suya y sus vecinos.
Cuando los jóvenes mafiosos ametrallan la casa de
Thao y violan a su hermana, la película parece convertirse en una saga de
Harry el sucio.
Thao quiere venganza,
Kowalski parece que también. Prepara sus armas para la batalla.
A todo esto, ya había decidido confesarse con el cura. Su confesión es banal: evadió algunos impuestos y besó a una chica que no era su mujer. El cura le receta unas oraciones y lo da por perdonado.
Kowalski no le confiesa a la Iglesia el motivo de su vida
uraña. Se lo confiesa a
Thao, a la raza que combatió: En la guerra de Corea, en el 51, asesinó a sangre fría a unos pobres diablos que venían a rendirse.
Pero sigue pendiente la venganza por lo que le hicieron a
Thao y su hermana
Sue. Será su forma de redimirse. Lo encierra al
pibe en el sótano para que no vaya con él a matar a los mafiosos. Va solo hasta la casa donde están de
joda los matones coreanos. Los espera en el jardín y cuando salen todos, con vecinos incluidos, les apunta con su mano haciendo la clásica figura del revólver imaginario.
Lo toman por loco. Pero luego intenta sacar algo de su campera. Lo hace abruptamente para aparentar que es un arma y provocar lo inevitable: que lo acribillen a balazos.
Kowalski cae fusilado en el césped y puede verse que lo único que tenía en su bolsillo era un encendedor que le había quedado de la guerra.
Con tantos testigos, la banda cae presa y la película termina con un abogado leyendo el testamento de
Kowalski, que le deja el Gran
Torino a
Thao (no a su nieta) y la casa a esa iglesia mediocre, pero sólo “porque así lo hubiera querido mi mujer”. Para sus hijos, nada. Para América, nada.
La película es impiadosa con una sociedad que se arma para resolver problemas, que relaciona a las personas a través de las cosas y que no duda en sojuzgar al extraño.
Kowalski acribilló a coreanos, y decidió morir de la misma forma, como una posibilidad de redimirse.