
Al ver la tapa del libro
“Cristina. De legisladora combativa a presidenta fashion”, de Sylvina Walger, nuestros ojos están grabando una identidad de época. La tapa vende fácil un producto deseado en buena parte de la comunidad, como venden los extractos que la prensa elige para promocionar el libro, que van desde golpes en la intimidad a viajes oficiales para elegir lugares donde vivir. En esta película que es la historia, la tapa de este libro es un fotograma imprescindible.
Algún día se va a rescatar la importancia de los mediocres en la historia de los personajes importantes. Algún día, cuando se disipe el humo del presente siempre conflictivo y vertiginoso, se destacará desde las ciencias sociales este pequeño pero significativo acto político/social/histórico que ha cometido la periodista Sylvina Walger. Ha venido a cumplir un rol que otros, en las historias que supieron ser oficiales, ya han cumplido.
Cristina Fernández, primera presidenta electa de los argentinos, necesitaba como protagonista de importantes sucesos, la fatalidad de esta publicación; y también necesitaba que ese fatalismo fuera perpetrado por una mujer.
Por esto, los que apreciamos a CFK, los que la apreciamos en dos de las acepciones de la palabra
apreciar (valorar méritos / sentir afecto), no podemos menos que confortarnos ante la novedad de que el libro de Sylvina Walger sea un “best seller” que lleva vendidos más de 100 mil ejemplares. Necesitamos que así sea, porque su injusticia será apreciada mejor con el tiempo. Apuesten lo que quieran a que, más temprano que tarde, varios de los que compraron este libro para satisfacer su
anticristininismo lo prestarán a sus amistades con el inconfesable deseo de no recuperarlo nunca más.
Entre otros deméritos, al sentido común que pivotea sobre la lengua fácil del periodismo nacional, le debemos el de destacar rasgos de CFK que un pobre machista de barrio no lograría con tanta eficacia.
Hay en Sylvina Walger, en la tapa de su libro, una imperiosa necesidad de declarar nula de toda nulidad la trayectoria de una mujer destacable. Una necesidad ancestral de cortarle el pito a una presidenta mujer que se niega a ser varón. Porque Sylvina (y las que piensan como ella) cree que toda hembra poderosa lo tiene. Tremendo error, que CFK se ocupa de no cometer.
El problema para estas machistas es la trayectoria, o mejor dicho, el proceso, la vorágine del hecho político protagonizado por mujeres. El devenir que han recorrido algunas les perturba su quietud de computadora. Las perturba tanto que prefieren narrar una historia más clásica, más amable con sus sentimientos, menos dolorosa para ellas y su sociedad: las mujeres que ocupan las máximas instancias de poder, llegan donde llegan y hacen lo que hacen por el arbitrio de situaciones y decisiones ajenas a su voluntad. Tarde o temprano, debe ser así.
La tapa del libro de Walger recoge el mismo diagrama machista grabado por la historia, pero incorpora las novedades de la época. Reconoce en la presidenta una trayectoria “combativa”, pero al sólo efecto de eliminarla contrastándola con el final del proceso que nos golpea en la cara su verdad: al llegar a la instancia máxima, la protagonista Cristina nos muestra, al fin, su verdadero ser, su alma. Es fashion. El poder mostró su rostro de coqueta desubicada. Por lo tanto, su impronta en la sociedad es declarada nula de nulidad absoluta.
Puede que no le perdonen a CFK ser, en este momento, vértice de un movimiento político que ha incomodado a ciertas estructuras tradicionales de poder. Pero menos le perdonan aún haber llegado y permanecer sin responder a la imagen habitual que se tiene de una mujer en el poder, que incluye, además de una vestimenta
“más adecuada” a la política masculina (trajecitos de colores aburridos, pañuelitos al tono, si cabe) un posar de ejecutivo con tortícolis y un pelo con prestancia de gendarme, que no la obligue a ese gesto tan femenino y
tan cristino, de retirárselo del rostro cuando dice sus discursos. Angela Merkel, Condoleeza Rice y Michelle Bachelet califican para tapas amigables. O, al menos, para tapas críticas pero políticas.
Esta
“señora de acá enfrente”, que machaca con la necesidad de incorporar valor agregado a la producción primaria; que ha tenido la osadía de criticar en la cara a los principales líderes del mundo; que habla con solvencia en la Bolsa de Comercio; esta señora que reivindica la batalla de la Vuelta de Obligado, puede ser fashion sólo en el delirio vaginal de personas como Sylvina Walger. En la chatura púbica de ciertas hembras que desearían poder gritar, algún día:
“yo la tengo más larga”.